Regreso al gimnasio.

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Esta entrada varía un poco de las que suelo hacer normalmente pero sinceramente me apetece mucho, y lo que es mejor, me va a gustar escribirla.

Resulta que hoy he vuelto al gimnasio después de un tiempo. Unos meses, porque a mí lo de la operación bikini me da mucha pereza, pero cuando en invierno se me obliga a salir a la calle, entallada en esa ropa contra el frío, no me apetece verme como una bolita. Yo que sé, yo es que soy muy rara. Y para ser una persona que estaría comiendo todo el día, tengo demasiados remordimientos en el cuerpo.

Yo al gimnasio siempre voy porque me lo paso bien. No me refiero a que hacer ejercicio me divierta, porque eso sólo ocurre unas pocas veces. Solamente empieza a divertirme cuando veo que he quemado en calorías la hamburguesa del McDonalds que me zampé el día anterior, o cuando estoy muy muy muy estresada, y eso me pone muy muy muy nerviosa, y veo que me desfogo. El caso es que yo en el gimnasio me divierto mucho con las situaciones tan variopintas que se crean. Es maravilloso. Es el mejor lugar del mundo para estudiar a la sociedad. Es totalmente recomendable y divertido.

A mi diversión en situaciones normales, hay que añadirle que mi gimnasio, durante mi ausencia, ha empezado a hacer reformas. Sí, han metido nueva maquinaria, nuevas instalaciones, han hecho que la zona de reposo sea totalmente incómoda, y algún que otro cambio más. Yo es que soy muy dada a acostumbrarme rápido a lo que ya hay, y en cuanto me cambias algo, soy como ese gato al que le cambias el arenero y se mea en tu cama como queriendo que sepas que ese cambio no le ha hecho ninguna gracia.

Cuando ya me he cambiado el sujetador (porque yo sin mi deportivo no puedo), la camiseta (porque llevaba una friki, y las frikis no se sudan) y me he plantado mi cara de concentración (porque yo cuando escucho música electrónica, me motivo), me he ido a la “zona de fitness” y me ha costado como cinco minutos encontrar la elíptica. Los que habéis ido por primera vez a un gimnasio, sabéis cómo es eso de que todos los que ya llevan allí un tiempo, te miren como si fueras carne fresca. Los veteranos y veteranas de las bicis, que ya tienen hasta maillot y culotte, con ese relleno para que no te duela a la mañana siguiente la rabadilla; los veteranos y veteranas de las máquinas de la muerte, como me gusta llamar a esas que tú haces sin hacer bestialidades, pero que ellos tienden a poner con todo el peso posible y empiezan a bufar como si estuvieran levantando piedra para la construcción de una pirámide egipcia; los veteranos y veteranas de las cintas de correr, que la tienen a una inclinación que ni subiendo el pico más alto de Europa, y con una velocidad que dejaría a cualquier pantera a la altura del betún; y los veteranos y veteranas que esperan para su clase “máster”, porque ya están de vuelta de todas las sesiones y ya no van con miedo por las agujetas del día siguiente, sino con una motivación insana.

Yo intenté hacer como si tal cosa, como si no me hubieran cambiado nada y yo supiera perfectamente donde están todas las mancuernas, discos, barras, etcétera. Pero claro, cuando pasas por segunda vez por el mismo sitio, se te empieza a ver el plumero. Y cuando ya, con cara de vergüenza, como quien se pierde en Sevilla, quieres preguntar dónde cojones está tu máquina de siempre, te das cuenta de que está en la entrada, y que la tenías al principio del todo delante de tus narices. Y es que ahora lo han distribuido todo de tal manera, que si haces bici, te chocas con el de la elíptica; que si haces elíptica, te chocas con los de las cintas; y así sucesivamente. Parecemos sardinas sudorosas y enlatadas. A todo esto, añade que hay máquinas antiguas y máquinas nuevas que dan más miedo que las primeras.

Pero me ha rematado, totalmente, que en las nuevas cintas de correr, han instalado una pantalla donde puedes ver la tele. Había un señor, que dos veces que miré, dos veces que casi se estaba comiendo la barra de delante. Porque a ver, al gimnasio, o se va sudar, o se va a ver la tele, pero las dos cosas, y unidas en un artefacto que no deja de moverse, no funcionan. Y encima, les tienen puesto a los pobres un programa de cocina. ¡UN PROGRAMA DE COCINA! ¡EN UN GIMNASIO! Estaban haciendo un pollo al pilpil, que si yo llego a mirar más de un minuto, estoy cogiendo mis cosas y corriendo a la braseria más cercana. Eso no se hace, estamos pagando para sufrir.

Después de picarme en la que ya he bautizado como MI elíptica, con un señor que llevaba corriendo ya 45 minutos, pero aún así le parecía ofensivo que la velocidad a la que yo estaba moviendo aquello fuera superior (pero por favor, que lleva usted ahí un capítulo de Breaking Bad, relaje un poco); de turnarme con una señora que tenía más energía que yo en un día en el que me tome seis cafés; y de sentirme muy avergonzada porque ahora ya no se va al gimnasio como cuando vas al campo, con ropa requeteusada, sino que se combinan los calcetines con el top y las mallas con la cinta del pelo; me decido a que es hora de ir a la ducha.

Para las personas que penséis que un vestuario femenino es una divinidad, algo parecido a un paraíso, con nubes, querubines con mejillas sonrosadas, con risas suaves y mucho olor a coco: os equivocáis de cabo a rabo. Por muy a tu bola que quieras ir, siempre acaba pasando algo que te hace sentir incómoda. Cuando ya me desnudé, cogí mi toalla, mi mini champú y mi mini gel, fui a colocar el macuto otra vez en la taquilla y ¡oh! ¡ay! Una chica tal y como su madre le trajo al mundo estaba agachada delante de la taquilla, porque son de estas que hay una encima de otra. Y yo, en la misma situación de la muchacha, y con el macuto en brazos que por muy poco que meta siempre me pesa como si me hubiese ido de casa. A todo esto, pues la muchacha enredando en sus cosas, se percata de mi situación y aparte de ponerse un poco a la defensiva, se levanta y me mira como si yo estuviese mirándola con otro deseo que no sea quitarme ese muerto de los brazos. Y yo con una vocecita le explico mi situación, y ya pues se relaja y se pone a reírse y a hablar y yo mira, que estoy cogiendo aquí un frío fuera de lo normal. La gente cuando se da cuenta de que no soy una pervertida, se pone demasiado simpática, oye.

Conseguí una ducha, y con la imagen del gimnasio totalmente reformado en mi cabeza aún, pienso que las duchas las habrán cambiado y que serán todo chorros potentes y agua que no se cambia de fría a caliente ni de caliente a fría cuando ya estás acostumbrada a una de las dos. Pero no. Toda persona que haya visto el video de ese perrito persiguiendo el agua que sale de una manguera, me puede imaginar a mí intentando darme un fregado en ese cubículo.

Siguiendo con el relato tengo que hacer una breve pausa para decir que yo nunca he entrado en un vestuario masculino y no sé qué relación tienen los padres con sus hijos. Pero en los vestuarios femeninos, las madres sacan lo peor que tienen reservado. Presentan imágenes totalmente desquiciadas, no les parece nada divertido la situación que está creando su criatura y que a mí me está pareciendo tremenda, e intentan vestir a sus hijos como si estuvieran untados en aceite: les meten los pantalones a la vez que ellos se sacan la camisa. Volviendo al relato, había una niña en esa edad en la que ya la madre se mete en una ducha y ella en otra, que en un momento dado se puso a silbar la melodía de El Libro de la Selva. Al final me vine arriba hasta yo, la he tenido en el cerebro hasta esta mañana. Pues si fuera mi hija, probablemente acabaríamos haciendo una perfomance de la película, pero la madre desde el otro lado, le saltó de bastante mala manera, que dejara de hacer el tonto, que se lavara el pelo y se diera prisa. Que corte de rollo, me duché corriendo hasta yo y no era mi madre.

Al salir de la ducha, yo creo que entraron a extras para hacer un anuncio de cremas hidratantes en el vestuario, porque lo que antes parecía un vestuario tranquilo y vacío, ahora era una paleta de colores color carne. Y cuando saqué el macuto y me quise colocar para vestirme, no tenía ni hueco para apoyarme. Total, que acabo a la derecha de una mujer, la cual empezó a arrastrar sus cosas hacia su macuto, al estilo “esto es mío, y esto, y esto, no lo mires tanto”. El colmo de mi incomodidad toca el clímax cuando, en el mini espacio que he dejado yo, se pone la “madre gruñona” y me planta, invadiendo todo mi escaso espacio vital, todas sus pertenencias. A lo cual, miré significativamente a la chica de mi izquierda como diciendo “¿Qué? ¿Te quejabas tú?”. Lo bueno es que pudimos hacer un dueto la niña y yo, a lo que la madre contestó con un “esta muchacha es que siempre está cantando”. Aquí yo iba claramente con la niña. Tú canta, hija.

Siempre en los vestuarios, hay una persona que se te pone de frente (sí, es que los vestuarios están diseñados por un ser superior que se imagina todas estas diversas situaciones y se frota las manos mientras lo imagina. Las manos, sí, las manos) y te mira, te mira, y te mira hasta que ya no te queda otra que sentirte incómoda y mirarla con caras de circunstancias, con solamente las bragas puestas. Y ella, que se da cuenta allá en su limbo de pensamientos, y te hace comentarios, del tipo “uhm, esa crema huele genial”, cuando tú estás untándote los pechos. Ayer la conversación fue tal que así:

Señora: Ese conjunto de ropa interior es muy mono.
Yo: Ehm… Sí, es nuevo.
Señora: ¿Es de Women’secret?
Yo: Ehm, no, no. Es de una tienda del centro.
Señora: Ah, ¿de Intimissimi?
Yo: No, no es una franquicia.
Señora: ¿No compras en Intimissimi?
Yo: Sí, pero este no es de ahí.
Señora: Pues a mí Intimissimi me encanta, si no fuera por los precios. Pero aprovecho y voy en rebajas, que siempre se pilla algo y… (charla yo creo que interior con ella misma porque yo desconecté un pelín).

A todo esto la niña ya se había ido, despidiéndose y todo, mientras la madre le metía prisa. Que estrés debía tener la pobre mujer en el cuerpo.

Quiero también destacar la cantidad de conversaciones que se tienen en un gimnasio. Allí ya se va como quién va a tomar unas cervezas. Dos hombres estuvieron hablando tanto rato que yo ni les vi hacer ejercicio. Y el colmo fue cuando dos chicas se pusieron a hablar cerquita del secador, y cuando me puse a secarme el pelo, me miraron como si yo fuera a espiarles o a enterarme de la conversación, así con miradas fulminantes. Un respeto que yo voy ahí a sudar. Ni que a mí me interese saber que una se ha comprado un body dorado que está deseando de estrenar y que la otra el jueves quiere ir a esa discoteca porque le ha dicho María que su ex estará por ahí, mira tú.

Para concluir, después de mi gloriosa vuelta al gimnasio, fui a recepción y pedí una hoja de baja. Allá vamos mi perrito y yo directos a la operación polvorón, y a ser perfectas bolas este invierno.

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Respira.

A veces nos dedicamos a criticar tanto que no nos damos cuenta de que nadie nace aprendido, ni sabiendo todo lo que pasa en su mundo. La mayoría de las veces no entendemos que cagarla es mucho más fácil de lo que parece y que, en ocasiones, lo único que necesitamos es respirar. Respirar, sin saber que más hacer, sin poder pararte a pensar si estás haciendo daño a alguien con tu huida, porque lo único que necesitas en ese momento es respirar. Correr lejos, huir, ir en la otra dirección. Y respirar. Simplemente.
Porque puedes estar haciendo daño a alguien con tu huida pero, ¿cómo puedes quedarte al lado de esa persona si no puedes ni mantener el aire en tus pulmones?
Hace algún tiempo que me dicen que me mantengo más tiempo callada que hablando, pero no sabéis el daño que puede hacer el “hablar por hablar”. El darle vueltas a algo que no estás entendiendo. Y darle las vueltas de tal manera que te salga una idea retorcida y grotesca. Cuando piensas en algo que no entiendes, que está fuera de tu compresión, y viene de otra persona, la mayoría de las veces vas a acabar odiando la situación que te queda tan fuera de juego, que te deja totalmente aislado. Y acabas odiando a esa persona.
Pero es que hay veces que solamente necesitas callar. Calla, comprende y deja respirar. Es la única ley que te da la vida. Nadie viene al mundo y sabe cómo hacer para contentar al resto. Y en el caso de que llegues a saber cómo hacer eso, ni siquiera estás en la obligación de hacerlo. Porque primero vas tú, con tus ideas, tus gestos, tus actos y tus palabras. Y luego van las demás personas, con sus choques frontales contra tu autoestima.
Es algo que tienes que saber, porque no es justo defraudar a alguien solamente por ser tú mismo. Y no es justo sentirse roto, y no poder pedir tiempo muerto para remendarte, solamente sentirte mal porque un día tu cuerpo se estiró de más y ahora solamente quedan jirones de lo que fuiste.

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Humana, error not found.

Ahora mismo vivo en un universo paralelo. Todas las sensaciones pasan por mi lado sin que sepa qué es lo que tengo que hacer. Algunas veces me planteo que lo lógico sería intentar atraparlas, interiorizarlas y vivirlas. Pero no hago nada. Solamente siento como el tiempo pasa, todo se mueve y yo estoy estática. Me siento como un puto punto de control. “Guarde su partida y recuerde no apagar la consola”.

Podría decir que todo lo vivido me parece nada, pero ¿puedes vivir nada?

Primero pensé que era un mal día, que mi cerebro había amanecido gris y que todo lo estaba viendo con el matiz equivocado. Pero dicen que cuando una situación o una acción la vives días tras días, se vuelve rutina. Y si un pensamiento lo mantienes durante muchos días, se convierte en un ideal. Y lo siento, eso sí que lo siento. Siento las raíces de la idea estirando sus patas y creando nidos en mi cerebro.

Es, para que tú me entiendas, como si viviera en una máquina de realidad 3D, pero siempre sabiendo que estoy ahí. Es decir, si no has probado nunca esto, es una imagen proyectada que desde cierta perspectiva te hace creer que estás ahí, que está pasando de verdad. Pero si te asustas mucho, puede llegar un momento en el que te puedes calmar si te abrumas porque es mentira. Pues yo estoy viendo mi vida de aquí a una parte, mirándola, pero es como si no fuera conmigo. Como si vieras un accidente del que te has librado a cámara lenta. Sí, ha podido matarte, pero es que en realidad no has hecho nada, sigues vivo. Sigo viva, pero todo va tan… paralelo, tan impersonal.

No puedo mantener un solo estado de ánimo más de cinco minutos sin que vuelva a refugiarme en la apatía. Es como si parte de mi cuerpo se estuviera transformando en cyborg, pero va en proceso. En un lento, lentísimo proceso.

La mayoría del rato me pasa que hablo mucho, pero no digo nada. Supongo que por eso de aquí a esta parte me estoy convirtiendo en alguien tan silenciosa. Porque no hago más que… escuchar, pero… no digo nada. Absolutamente nada.

ps

Luchar es la parte difícil.

El otro día escuché que los sentimientos negativos afectan cuatro veces más que los positivos. ¡CUATRO VECES! Es muchísimo. Es decir, por cada “he suspendido” que tengas, deberías tener al menos cuatro “he aprobado” para poder estar bien. Y eso con las cosas que supuestamente controlas, como tus estudios. Imagina con las situaciones que tienes que compartir con la sociedad. Ir a comprar el pan, trabajar, ir a tomar una copa. Incluso levantarte.

Si aparte de levantarte con el pie izquierdo, te encuentras que al otro lado de la cama, al otro lado de la barra de tu cafetería, o en cualquier otro lado, tienes otro pie izquierdo esperando, probablemente será un lunes, o probablemente tu día será una mierda de día. ¿Tú sabes lo que puede costar desterrar de tu cuerpo el efecto cuatrovecesmás? Pues mucho. Muchísimo. Tanto que como no des con la persona adecuada, o con la fuerza de voluntad adecuada, no consigues salir de ahí.

Fuerza de voluntad. Uhm. Sí, a eso es a lo que voy. Si te notas de mala leche, de mal humor, de mala uva, de mal talante, como tú quieras apodarlo, estás tirando por el camino fácil. ¡Ajá, sí! No pongas cara de sorpresa, algo te barruntabas. Cuando estás abajo, ¿no tienes la sensación de que llegar arriba es imposible? Y te encierras en ese capullo de excusas “yo no estoy así porque quiera, me han puesto así”; “me han jodido otros, ¡que lo arreglen otros!”, “el mundo es una mierda”, “¡voy a matarlos a todos!”,… Bueno, ese último a lo mejor se me ha ido de las manos, pero es igual. Seguramente alguno de esos pensamientos los has tenido en un mal día. Y luego no has hecho nada, por ti mismo, para mejorarlo. Y no es justo. No es justo para contigo. Vamos a olvidar al resto, que bastante la han liado. Tienes que ser tú quien controle la mente, no las sensaciones las que te controlen a ti. No te digo que vayas a ser un gigante de hierro sin emociones (que hasta él las acaba teniendo), pero sí que encuentres la fuerza, el ánimo, de poder decidir cuánto quieres que te jodan los demás. Si no controlas tu voluntad, vas a ser vapuleado de tal manera que cuando acaben contigo sólo vas a ser un amasijo de carne, piel y mierda. Mucha mierda.

Por supuesto, el primer ejercicio es alejar a las personas tóxicas. Esas que no sólo tienen un mal día, tienen una mala vida, y aparte, quieren que tú la tengas. Ugh, cómo cuesta quitarse de encima a esas personas. Que joden como aquel que pica piedra. Poco a poco, te minan la moral y te dan ganas de estampar la cabeza contra cualquier pared dura y rocosa. Y que sigues teniéndolas en tu vida… ¿Te haces una idea de por qué? PORQUE ES LO FÁCIL. Lo difícil es alejarte, irte, correr en la otra dirección, mandar a tomar vientos a esa persona, que ya no tiene remedio ni solución, que va a morir en su asquerosa vida sola y amargada.

Si este pensamiento te viene bien para huir de personas tóxicas, genial. Luego ya indaga en el hecho de que a esa persona lo tóxico le ha tenido que venir de algún lado y que probablemente no haya elegido ser así. Pero, primero, sálvate tú. Salva al héroe o heroína de tu interior, y luego conviértete en él o en ella.IMG_5606

Echar de menos es relativo.

Echo de menos el verano, pero va a llegar de nuevo. Volveré a tener el sol sobre mi cabeza y la arena bajo mi cuerpo. Podré volver a bañarme en la playa, a jugar con las olas, a sentirme libre durante unos días.  Podré beber para refrescarme, y seguramente seguiré bebiendo cuando ya me haya refrescado. Se me pondrá la piel del color de los cangrejos pero yo seguiré tomando sol con el ideal de que mi piel se ponga morenísima. Como ningún año. Y disfrutaré de las noches eternas, frescas, en la calle. Sin más complicaciones que al día siguiente tenga que levantarme temprano. Pero me dará igual. Y seguramente en algún momento, eche de menos el invierno. El frío, los gorritos, los besos con sabor a chocolate, la manta, los viajes. Y también volverá a llegar.

Echo de menos ir al cine, pero puedo ir otra vez esta semana. O cuando haya una película que me guste. Y comeré palomitas, y mi mano volverá a encontrarse con la tuya dentro del cubo.  También ahora mismo echo de menos abrazarte y que tu olor llegue hasta lo más profundo de mi cerebro. Y lo puedo hacer menos veces de las que me gustaría, porque eso sería mi pasatiempo preferido para las 24 horas del día. Y besarte. Y mirarte. Y hacer planes, de los locos y de los coherentes. Y hablar de cosas transcendentales,  y cuando empecemos a agobiarnos, pondrás a tope “Best Day of my Life” y se me irán de golpe las penas. Bueno, sería un tema bastante extenso todo lo que te echo de menos, pero me calma el saber que también volveré a hacerlo. Sí, eso también. Soy la chica más afortunada.

Echo de menos a mi gata, pero hoy llegaré a casa y podré achucharla, aunque me arañe la cara y me muerda la nariz. También podré hacer lo mismo con mi perro, aunque él seguramente me acabe lamiendo desde la barbilla hasta las puntas del pelo. Los echo de menos, pero no tanto como el día en que pase lo que me partirá el alma. Por eso ahora disfruto y ni se me ocurre pensar que no estarán al alcance de mi mano un día, siempre dispuestos. Uno más y otro menos, pero estarán siempre ahí. Los disfruto. Ni se me ocurre hacerles daño. Ni hacerles de sufrir. Quiero que entiendan, desde su cerebro animal, que para mí son importantes y que siempre tienen un hueco en el lado del sofá en el que esté. Ah, sí, querida gata. También puedes quitarme absolutamente todas las sillas en las que me estoy sentando.

Echo de menos una cerveza entre amigos, o entre buena gente, pero seguramente vuelva a hacerlo pronto. Y echo de menos empezar hablando de tonterías y acabarte sincerando con la primera persona que tengas más cerca. Y eso también puedo hacerlo pronto. Las tardes cálidas con un buen café, con un buen sol. Y las noches eternas que parece nunca quieren acabar. Los momentos en los que haces planes de cualquier cosa. Y puede que los acabes cumpliendo. A lo mejor ir a Roma no, pero ir algún italiano a cenar, pues sí.

Echo de menos mi inocencia infantil, pero… no volverá. Jamás volveré a observar el mundo con los ojos con los que lo hacía cuando era niña. Ni con la misma altura. He crecido unos pocos centímetros desde entonces.

Echo de menos ese espejo que se me rompió, y aunque me compré otro… No sé, no es lo mismo. Me miro, y mi reflejo no se ve igual. No me gusta, me hace parecer diferente.

También me pasó lo mismo con un póster de mi cuarto que me encantaba. Intentando cambiarlo de sitio, se me rajó. Y no quise comprarme otro. Este era especial, tenía una dedicatoria y una firma. Lo pegué con celo, y como podrás comprender, no queda igual. Para el que lo mire sólo de pasada, no se nota nada. Pero si te quedas unos segundos mirándolo fijamente, vaya. Se nota horrores.

Y mi figura de una hadita. Tenía unas alas preciosas. Está apoyada sobre una roca y podría decir que es mi figura favorita. Pero se me cayó, y el ala se desprendió. La pegué con cola resistente de esta que a lo mejor lo que estás pegando, no lo pega, pero las manos te las queda echas polvo. Pero… Que va, el ala está torcida. Se le nota. Mucho.

¿Lo entiendes? Con las personas pasa igual. Si las arañas, luego no funcionan igual. Siempre quedan doloridas. Por desgracia, o por fortuna para la supervivencia de tu mente, siempre quedan recuerdos de ese dolor. Y si las rompes… Es más complicado. No vuelven a sentir igual, no vuelven a ver el mundo de la misma manera. Es jodido eso de romper a alguien. Porque es una responsabilidad muy pesada. Muy grande. ¿Cómo avanzas cuando sabes que has conseguido destruir una parte de una persona? Y, ¿cómo sigue esa persona sabiendo que le has roto sin miramientos una parte del alma?

Luego todos los recuerdos se emborronan con la misma tela sucia y desgarrada. No hay manera de coserla, limpiarla, pegarla, o cualquier otro remiendo que se te ocurra. El tiempo lo cura todo. Pero no, este tiempo no cura nada. Tanto para el que la rompe, que se esfuerza, que lucha por volver, que quiere que todo siga igual, como para la persona que espera, que observa, que intenta ver algún resquicio de esperanza.

No puedes pretender que un espejo roto vuelva a reflejarte tal y como eres. Está roto, no volverá a hacerlo. Y tampoco puedes echar de menos a alguien que se ha ido, a alguien a quien no has parado al marcharse. No puedes, ¿lo entiendes? Tienes que echar de menos cosas que sabes que vas a intentar que estén más tiempo en tu vida. Que vas a luchar porque entiendan, porque comprendan porque haces esto así y no asá. Que se te note que son importantes. ¿Qué gracia tendría que te diga que te quiero si al instante siguiente no me importas una mierda? No hay sentido, ¿lo vuelves a ver? No tienes derecho a echar de menos algo que estás rompiendo. Es así.

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Relaciones imposibles.

Vengo a contar una gran verdad. El amor y la amistad, no pueden existir juntos. No, no me estoy refiriendo a la amistad entre dos personas que podrían llegar a gustarse. En eso aún confío, en la amistad sana y sin estropearla con sexualidades varias. Soy así de ingenua.

Con lo que ya no soy tan ingenua es con “las otras relaciones”. Hablando claro, la relación amorosa que estás manteniendo, JAMÁS vas a poderla mantener si quieres que una amistad te perdure. Y viceversa. Creo que aún me estoy riendo de la primera amiga que me dijo “un tío no nos va a separar en la vida a ti y a mí”. Hoy en día nos damos me gusta en instagram y de ahí no pasa nuestra relación.

Tengo varios ejemplos. Empecemos con ese amor adolescente, que te florece en el estómago en primavera, y que curiosamente, a tu amiga le florece en el mismo lugar y momento. Y todo lo que tú has estado construyendo en silencio, con amor, con mimo, ella lo construye en un día y llora y sufre por ese amor no correspondido. Y cuando tú ves su sufrimiento, decides retirarte. ¿Cómo vas a dejar que tu amiga sufra solamente porque a ti te guste un chico? No, hombre, de eso nada. Pero, lo que tú consideras como acto de fraternidad, tu amiga lo considera una ventaja. Ahora es una ninja en un campo de batalla, escabulléndose de la primera línea para acabar haciendo el jaque mate. Y el rey, que la mira, la observa llegar floreciente y sin rasguños, pues se encapricha. Y tu amiga, con los últimos vestigios de “compañerismo” te dice que jamás consentirá salir con un chico que antes le gustaba a su hipermegaultrabestfriend, es decir, yo. A los veinte minutos de esa frase, recuerdo haberlos visto enzarzados el uno con en el otro en una batalla salival en el que el fin del mundo parecía próximo.

Ahí es cuando comencé a olerme la tostada. Como diría mi abuela, en el amor y en la guerra, todo vale. Por eso decidí que mis próximos amoríos me los llevaría en mi bolsillo, nada de consejos amigables ni de acabar consiguiendo que alguna amiga se enamorara de mi sentimiento más que de la persona que era la que creaba ese sentimiento en mí. Y así fue como conocí a mi primer chico. Espectacular, hermoso, inocente, cariñoso. Y encima, me gustaba. Me gustaba mucho.

Y yo lo presentaba con una sonrisa. “Mirad, es mi chico”. Y mis amigas sonreían. Y se alegraban. Y todo eran “oh, que bonito”, “que buena pareja hacéis”, “mírala que feliz”. Esa faceta duro dos semanas. Contadas. Catorce días. Con sus días pero no con todas sus noches.

La primera queja vino de los besos que nos dábamos cuando creíamos que nadie nos veía. Para los que empezáis en una relación, comprenderéis lo que es aguantarse las ganas por una causa inútil. ¿Qué yo me tengo que aguantar las ganas porque alguien se puede ofender? Venga ya. Pero si son tus amigas, todas increíblemente sincronizadas para estar solteras, pues vamos a cortarnos un poquito. Pobrecitas. Lo que más me jodió es la queja sobre una muestra de cariño. Supongo que era mucho mejor que el chico me pegara palizas, me insultara o denigrara delante de ellas o cualquier cosa normal comparada a la burrada que es que te muestre su amor. ¡Claro que sí!

La segunda queja no sé si llamarla así, porque fue una decisión que se toma sobre tu vida sin preguntarte tu opinión. El caso es que la solución a no verme la jeta de enamorada fue empezar a no contar conmigo PORQUE TENÍA NOVIO. Lo más gracioso de esto, es que el karma siempre acaba riéndose de una quiera o no, y la siguiente queja que viene es cuando, esta vez yo soltera y todas mis amigas sincronizadamente con pareja, no cuentan conmigo PORQUE NO TENGO NOVIO. En estos casos me río yo de quiénes dicen que las relaciones amorosas son complicadas. Mira que no saber cuándo tienes que estar soltera y cuando no, Sara, tiene delito.

Pongámonos en mi situación. Soy la típica amiga que escucha, que opina bajo presión, controlando los “yo creo que te has pasado un poco. Echarle de tu casa por decir que ese pantalón te quedaba algo ajustado”, y los “¿llevas tres días sin hablarle porque le viste preguntarle la hora a una chica en el bar?”; siempre amiga fiel, posicionada quiera o no con la postura del que me está contando sus problemas –aunque me parezcan unos locxs del carajo-. Eso sí, siempre sincera. Si realmente quieres saber MI OPINIÓN, está en mi obligación decírtela.

De aquí que me vengan todas las situaciones a la mente, y es que hay más de una para volverte loca. En estas que te quedas con cara de boba, llegas a tu casa y tienes que saltar en voz alta “¿PERO QUE ESTAMOS LOCOS?”. Está aquella persona que te comenta en confidencia que ha descubierto que su pareja le ha sido infiel durante cerca de un año. Y te pide opinión. “¿Qué debería hacer, Sara? Llevamos taaaanto tiempo juntos, y teníamos taaaanto en común. Hacemos taaaan buena pareja”. Y tú te quedas con cara de ¿en serio se lo está cuestionando? Bueno, Sara, sé razonable, indaga un poco más antes de emitir un juicio. Y haces la pregunta “¿y lo ves afectado? ¿Quiere seguir intentándolo?”. Y la respuesta, cómo no, te desarma: “no lo sé, acaba de irse de festival, pero me manda whatsapps de vez en cuando”. SEÑORAS, SEÑORES, LA CAZA DE LA TRUCHA QUE LO LLAMA MI PADRE. Tiras el anzuelo, dejas que pique, y tire y tire y tire pensando que es libre. Pero tú la tienes bien atada mientras te dedicas a otras cosas, que no se escape. Y luego, cuando ya la truchita está cansada de luchar, que no cree merecer ser libre, que quiere que la caces ya para que acabe la tortura, la pescas. Y claro, qué queréis, pero ahí ya no hay juicio erróneo. Hay ya hay una verdad como un templo. Mira, chica, si sigues pensando en volver con él es que tu vida tiene menos sentido que un cubo de rubik un sábado de borrachera en la recta final de la noche, lo siento. Y ella llora, y te cuenta todo lo que se va a perder, y todo lo que ella está sufriendo, y coméis helado (todos sabemos que la mejor parte de estar depresivos o al lado de alguien depresivo, es comer helado), y después de llenar ese vacío estomacal, viene la ira, la venganza, el voyamataraesecabronazo, el aDiospongoportestigoquejamásvolveréaenamorarme. E incluso llega el “Sara ¿y si nos hacemos lesbis?”. Y el consecuente a mí no me mires que yo tengo helado.

La siguiente situación es cuando esa persona ya se encuentra con fuerzas para volver a querer, con ese corazón tan grande, y decide intentarlo de nuevo. Y carga la mochila con vestiditos, con pintalabios rojos, con rímel. Y yo, cual Samsagaz Gamyi voy por detrás con mi mochila llena de pañuelos, almohadas para la caída, mantas por si hace frío, y helado. Toneladas de helado. Y un día tomando algo, te comenta que ha conocido a alguien. Tú ya vas con tu mano recorriendo el camino a por la almohada. Venga, allá vamos. Y te dice que es muy mono. Que le dice unas cosas. Que ve cosas en ella que jamás ha visto nadie. Que le compra flores. Y bombones (contra el chocolate es difícil de luchar, lo entiendo). Y que la espera al salir de casa. Y al entrar. Aunque no hayan quedado, da igual. Y aunque ella le haya dicho que quiere ir despacio porque no se fía mucho de la gente que conoce en las redes sociales. Y que le envía fotos de lugares donde, curiosamente, ella se encuentra al lado. Que cada vez que publica donde está o con quién, instintivamente le comenta algo sobre ello. Y que mono que se puso celoso porque salí con mis amigos a tomar algo. Y que le ha dicho te quiero ya y que quiere tener hijos, un perro, un coche, una casa en la playa,… Y… ¡EH, PEPITA PARA EL CARRO! A ti se te acaba de caer la almohada y estas registrando el local desesperadamente buscando la cámara oculta. ¿Cómo dices? ¿Qué te estás enamorando de un acosador? Oh, pues sí, mira. Está genial. Y ella te salta “no seas tan exagerada, anda. A todos nos gusta un poco de atención”. Y tú, pones los ojos en blanco, pagas la cuenta, coges un billete al extranjero y te olvidas de todo el problema mental que tiene tu amiga. Mira, adiós, ahí te quedas y hasta aquí hemos llegado.

Pero sabes que no. Te quedas, apoyas y tragas. Como con los chupitos. Eso sí, intentas que entre en razón. Mira, Pepita, tan mal no estará la vida. ¿Por qué no te esperas un poco? Yo te veo genial sola y además, me tienes a mí. Y tu amiga asiente “Sí, quizás tengas razón. Es un poco raro. Y eso de enviarme todo el rato mensajes empieza a agobiarme. ¿Cómo le voy a gustar tanto si apenas nos conocemos? Si es que nunca nos hemos visto. Y mira que yo sé lo he dicho. No me digas te quiero ni me mandes fotos porque es que me estás empezando a parecer un bicho raro. Mira, mejor le voy a mandar a tomar por saco. ¿A ti te parece normal que está en cada uno de los sitios donde digo a ir? Joder, y abajo de mi casa siempre. No sé, es un poco raro. Así no me había imaginado el amor”. Y tú sacas la botella de champán del fondo de tu mochila, y brindas porque has salvado a un alma poseída por el lado oscuro del amor. Pero antes de que el corcho toque el techo, rebote y te dé en toda la cara, tu amiga está saliendo con ese chico. ¡Con dos narices! ¡Viva el amor! ¡Todos juntos, aplaudid! Y luego la cosa se pone tensa, claro está. Porque tú la avisaste, porque te ha contado todos los acosos que ha tenido y que no le gustaban nada, y ahora ¡ah! Ahora está saliendo con esa persona. Es normal que después de eso la amistad se enfríe. Yo, porque la veía una persona sólida, fuerte, independiente, dentro de sus cabales. Y ella, porque también se veía todas esas cosas y ahora resulta que no es ninguna de ellas. Pero en estos casos, recomiendo retirarse a tiempo, que la mala del cuento acabas siendo tú y acaba pensándose de ti que no te gusta el chico porque es malo o sólo porque está con ella. Mejor retirada a tiempo que morir en una batalla que no es la tuya.

Pero bueno, el premio que se lleva la palma en todas las relaciones es la vez que te dicen “Oye, ¿te importa que invite a mi cari a que se venga a tomar algo con nosotras?” No, mujer, cómo me va a molestar. No le he visto apenas así que es un buen momento de conocerlo. Y a las dos frases de hablar, el cari te dice “Y ¿cómo acabaste la otra noche? Si, esa que saliste con mi cuchufleta y un tío te tiró la caña porque fuiste a pedirle fuego,  y ya que vas, pues aquí te quedas. Es que tú también, mira que pedirle fuego así, tú sola”. Y tú te quedas en plan perdona, ¿cuántas veces dices que hemos comido juntos para que me preguntes y opines sobre mi vida privada? Y miras a tu amiga en plan porquécojonescuentasNUESTRAScosas, mirada que ella interpreta como defiéndeme, y se ponen los dos a comentar el partido en el que acaba de convertirse tu vida. “Anda ya cari, no va a poder pedirle fuego. Lo que pasa es que los tíos estáis más salidos que…”, “No, cuchufleta. Yo solo tengo ojos para ti”, “Ay que tonto eres”. Y vienen una serie de abrazos y besos que no creo que vea en ninguna película X. Y volvemos al caso donde aquella amiga decía que le molestaba que me diera besos mi chico. ¡Eh, maja ¿dónde estás ahora?!

Pero nada, sonríes y te amorras a la cerveza porque es lo mejor que puedes hacer. En ese momento y en todos los demás.

Atrapasueños.

Me encanta estar aquí. En el hueco de su cuello. Su barba me acaricia la cara, la nariz, el ojo. Estoy respirando su perfume y hasta mis neuronas están en calma. Su brazos me están rodeando y tengo mi pierna enredada en las suyas. Hace un segundo tenía dudas, tenía un frío tremendo en todos los rincones de mi cuerpo. Y ahora no hay más dudas, ahora todo él es calor. Tiene la mano extendida en mi espalda y juro que hasta me está calentando el corazón por dentro.

Estoy en ese estado de somnolencia en el que no controlo mi cuerpo y mi brazo resbala. Y él, como por instinto, me aprieta más fuerte e inspira mi pelo. Siento como mi cara sonríe. Sigo respirando, porque no quiero dejar escapar esta sensación que me transmite su olor. Es indescriptible, es mi tortura celestial.

¿Por qué me preocupaba antes? ¿Qué era aquello que no me dejaba pensar? No recuerdo nada que me haga daño ahora mismo. Soy de hierro ahora, estoy abrazada al sol y no me estoy quemando, no me consumo. Estoy conquistando todas las cenizas.

Hace diez minutos me ha hecho ser la reina del baile, la diva, la superheroína indestructible. Y sólo soy capaz de pensar que nadie conseguirá ese hito más que él. Nadie conseguirá convertir mis huesos en acero y mi piel en pura sensibilidad.

Quiero levantar el brazo y acariciarle, pero no me responde el cuerpo. Estoy en ese estado entre drogada y alcoholizada en el que no puedo hacer absolutamente nada. Intento acompasar mi respiración a la suya, y noto como mi corazón y el suyo se contestan a través de nuestros pechos. Pum, pum. Pum, pum. Mantienen la conversación que nosotros no queremos tener, porque ahora las palabras son inútiles. ¿Qué dirían todas las palabras del mundo para que pudiera sentir lo mismo que siento ahora? Nada. No habría nada.

Suena un ruido, como de un móvil. No quiero despertar, que se vaya todo. Que desaparezca hasta la última célula de todo lo que no sea esta cama que ahora mismo es mi mundo. Pero el sonido persiste. Me pego más a él. Ahora no, realidad, vete a molestar a otro. Ahora estoy de vacaciones en el sol, y no pienso volver hasta que mis alas sean grandes como las de un fénix. No pienso volver nunca.FullSizeRender

Que la muerte te haga libre.

Que la muerte te haga libre,
que cure tus heridas
y abra tus ventanas.

Que la muerte te haga libre,
allá donde tú vayas.
Que se aumenten tus límites,
y todas las fronteras caigan.

Que la muerte te haga libre,
y deje atrás lo peor.
Que se cristalice tu cuerpo,
y reviente en mil pedazos.

Que vuele tu alma, libre,
por donde quieras llevarla.
Que no exista el no,
ni la desesperanza.

Que la muerte te haga libre,
y que todo desaparezca.
El mal, las dudas, el miedo,
todo ello ya no importa.

Que crezcan tus alas,
o disminuya tu capa.
Que el sol sea tu sombrero,
y la luna tu manta.

Que la muerte te haga libre,
porque te hace falta.
No la mires de espaldas,
por encima del hombro.
Préstale tu cara,
y todo tu asombro.

Porque cuanto más pensaste que dolería,
ya no duele, ya no espanta.
Y cuanto más pensaste que morirías,
ya no hace falta.

Que la muerte te haga libre,
ahora toca amarla.
Después de la oscuridad eterna,
ha llegado a buscarte.
Todos los sueños que tenias,
han venido a alzarte.

Que la muerte te haga libre. Siempre.FullSizeRender

A contracorriente.

Me he cansado de mantener algo en lo que no creo. Me he cansado de seguir algo por lo que no doy ni un duro. Me he cansado de decepcionarme, y no solo eso, me he cansado de no obtener ninguna satisfacción. No todo en la vida va a ser que obtengas beneficios pero ¿ninguna vez? O más bien ¿todas tienen que ser pérdidas o deterioros?

Seguro te has encontrado en la vida en alguna situación en la que, tras un chaparrón más, te hayas dicho “pero joder, que hago corriendo hacia este lado, si este lado no me gusta, no me conviene ni para llegar a donde quiero, y aún así lo estoy recorriendo”. Y luego, otra vez, círculo vicioso: decepción, frustración, parche, caminar en esa asquerosa dirección, confianza, quebrantamiento de confianza, insatisfacción, y de vuelta a la decepción.

Cansa montarte tus películas pero más cansa esperar por algo que no llega, por algo que no va a llegar porque no sale de la otra persona. No es por ti, es por ella. Tú dale esfuerzo a algo que no quiere dártelo que vas a obtener la misma pelusa vacía y sin sentimientos que da vueltas dentro de ti, esperando ¿qué? ¿Que hagan algo que tú harías? ¿Sólo porque a ti te sale de dentro hacer las cosas “bien” con esa otra persona?  ¿Contar con ella? Es obvio que el sendero que yo estoy marcando ni siquiera te interesa o quieres hacerme un hueco en tu lado del camino. Y yo ya me he cansado de buscar huecos por los que colarme como una patética intrusa.

Estoy deseando que llegue el día en que comprenda que la única persona sobre la que tengo poder para que no me falle ni me decepcione soy yo misma.

Feliz día de la Mujer.

Feliz día a la que cocina, a la que friega, a la que limpia, a la que plancha,… en general, a todas las que hacen algo para satisfacer a un hombre. A la hermana, a la hija o a la novia. A las que no sois nada por vuestro simple nombre. Feliz día en un 8 de marzo más en el que se sigue solapando que si no hacéis todas las acciones que se esperan de vosotras, acabaréis maltratadas (física o psicológicamente) o acabaréis desechadas. Al resto de mujeres, no miréis, que hoy no es vuestro día, joder.

He empezado el “día de la mujer” tan dulcemente que tenía que escribir mi felicidad. Ah, es irónico. Es que a lo mejor no se estaba entendiendo.

Estoy desayunando en una cafetería, como todos los días, no sólo porque hoy es mi día y me merezco un premio, como un perrito. Pues eso, me hallo mezclando el cola cao cuando en la tele aparece el videoclip de Rihanna “Work”. Para los que no hayáis visto este videoclip, se ve a la diva cantando delante de una cámara mientras baila. No, no hace una coreografía digna de Cirque du Soleil, solamente menea las caderas al ritmo de la música. El caso es que esta canción la canta con Drake, con el cual, también se pone a bailar. BIEN. Pues resulta que al lado mío, había dos machos MUY machos, comentando el videoclip. ¡OH sí! En el pecho llevaban una chapa de “críticos de música de Lolipolandia”. Bueno, pues Rihanna esta mañana se ha llevado tales… ¿Cómo decirlo? Tales descripciones hacia lo que crea con su movimiento de cuerpo, que yo en su lugar estaría vomitando tres días seguidos. Y ahora, tú que serás otra persona crítica de Lolipolandia, dirás “venga, Sara, que a todas las mujeres os gusta que os digan lo buenas que estáis”.

  1. Sal de aquí ahora mismo
  2. Eso no era decirle a una mujer lo buena que está. Ojalá fuera solamente decirle lo buena que está.
  3. ¿QUÉ COJONES SABES TÚ LO QUE LE GUSTA A CADA UNA DE LAS MUJERES QUE TE CRUZAS POR LA CALLE?

A mí me gusta desayunar pepinillos, y a otra chica le gusta desayunar una tostada de jamón con tomate, y a otra sólo le gusta tomar café. Y creo que lo que todas tenemos en común, es que no nos gusta PARA NADA, sentirnos acosadas por una persona desconocida, que encima está pensando que lo que está haciendo está bien.

Pero de verdad que, continuando con mi relato, lo más innecesario de todo esto ha sido que, ante mi cara de asco, repudio, o yo no sé como tendría la cara en ese momento que he parado hasta de darle vueltas al cola cao, los dos críticos de música de Lolipolandia me miran y empiezan a reírse seguido de “¿A que sí? Si es que hay que ver, que uno no es de piedra. Si yo fuera el negro…”. Si es que, qué ¿gilipollas?

En la burbuja donde yo vivo cuando no tengo que relacionarme con personas críticas de Lolipolandia (tengo que decir personas porque, a pesar de todas las cosas que imaginéis muchos, hay mujeres que también son machistas. Sí, me he encontrado con un par de ellas en mi vida y es bastante bastante bastante desagradable. Hasta el punto que me han dado ganas de meter la cabeza en su boca para buscar al demonio que la posee), soy bastante feliz. Porque en mi entorno tengo personas que me valoran por lo que pienso, por lo que hago y por lo que consigo. Ahí no soy una mujer, soy una persona igual a otra. Una persona que si tuviera que cocinar algo, más vale que la casa tuviera seguro antincendios. Una persona que no distingue mucho el amoniaco de la lejía. Una persona que si le coges el día inspirado, le salen unas magdalenas que te mueres. Una persona que no sufre ningún tipo de sexismo.

Pero cuando salgo de esa burbuja, soy una mujer. A la que le tiene que gustar que le digan piropos, porque si no soy una asquerosa. A la que se le atribuyen necesariamente la sabiduría de cuatro platos de cocina. A la que, si responde bien una pregunta de cualquier ámbito relacionado con el conocimiento, es una sorpresa porque ¡oh, sabe pensar! A la que soy una frígida si contesto con frialdad a una frase coqueta solamente para que no acabes pensando que necesariamente quiero algo contigo. A la que solamente llegará a donde esta o donde va a estar por ser la mujer relacionada con algún hombre de poder. A la que se le respetará SIEMPRE Y CUANDO sea la hija de tu gran amigo, la hermana de tu conocido o la mujer de ese tío.

La verdad es que no sé cómo más sacarme todas estas ideas de la cabeza, pero de verdad que esto tiene que parar. Tiene que llegar a un punto en el que todo va a explotar, porque las personas piensan, no sólo unas por tener pene y otras por tener vagina (fue lo máximo que me enseñaron de educación sexual en el colegio, y me he dado cuenta que quince años después, se sigue explicando exactamente lo mismo).

Cada vez que pienso en el día de la mujer, necesariamente se me viene a la cabeza el suceso del 25 de marzo de 1911. Esas mismas mujeres, fuertes, que fueron asesinadas por reclamar lo que tiene derecho a tener cualquier persona que piense, mueren de nuevo cada día cada vez que se menosprecia alguna mujer, que se la maltrata exigiéndole algo que no tienes derecho a exigir.