Comencemos.

Lo tenía que hacer. Llevo deseando escribir un blog desde que abandoné mi idea de estudiar Periodismo o algo que me acerque más a mi querida vida de ser de letras. Así es que allá voy.

Para empezar, lo haré con algo flojito y a lo que le llevo dando vueltas bastantes meses. Os contaré una historia. Una vez, fui a comer con dos personas más. Pedimos mesa y tuvimos que esperar. Los tres teníamos el mismo tiempo de espera, como es normal, y el mismo apetito, relativamente.

Cuando finalmente nos sentamos, pedimos un filete con patatas, en las mismas condiciones, más allá de las preferencias de “poco hecho”, “muy hecho” o “al punto” de cada uno. Para mi un “muy hecho”, ya que preguntas.

Por suerte, nuestra comida llegó al mismo tiempo. Nada de faltar al respeto con esas preguntas de espero o no espero cuando te estás muriendo de hambre. Así es que nos pusimos manos a la obra. Y en este momento del relato, es cuando voy a detener el tiempo, porque fue en ese momento cuando me di cuenta de esta analogía. Observando a mi alrededor, me fijo que cada uno de nosotros cortaba el filete de diferente manera.

Por mi parte, yo cortaba el filete, seguidamente pinchaba y a la boca directamente. La persona de mi izquierda prefería cortar todo el filete y luego comerlos una vez partidos. Y la persona de mi derecha cortó el filete en cuatro, y luego en partes más pequeñas a medida que iba comiendo. Algo muy simple, pero mi mente fue más allá del gesto rutinario y casi involuntario de cortar un filete.

Podía decirse que mi manera de cortar el filete era más como, lo tengo aquí delante, no aguanto más, y quiero saborearlo conforme voy cortando. La de la persona de mi izquierda para mí era aguantar esa hambre canina que te entra al tener comida delante, partir todos los trozos para tu mayor comodidad e ir comiendo después, con tu ansia más calmada. Y el de mi derecha, era totalmente cuadriculada. Totalmente premeditada, pensada y esquematizada. Tengo cuatro trozos, de ellos muchos más y de los otros que saldrán más.

En toda crítica, todos tienen su propia opinión, por supuesto. Pero, ¿por qué decir yo cuál estaba mejor o peor? ¿Si la mía era más acertada o la del tipo de la mesa de al lado, con su ensalada sin aderezar y su vaso de agua?

En la vida pasa igual. La manera de cortar el filete es sólo una suposición, como todo. Tú crees que tu manera es correcta. Lo correcto o lo incorrecto corre desde tu perspectiva, pero desde de la de otra persona, hay otra perspectiva. Y así pueden existir infinitas perspectivas. Lo mejor de todo esto, y es totalmente mi opinión, es dejar que otras perspectivas te confundan, te hagan replantearte tus ideas. Y que si tus ideales salen ganando de esa batalla interna, se acaben volviendo más fuerte. Y si salen perdiendo, aún más, porque es lo más bello descubrir que no eres la única mente pensante. Eso sí, que la perspectiva que te invite a pensar no lo haga entrando a lo bestia, de tal manera que rompa todos tus esquemas y casi tu cerebro de paso. Porque ya sabéis eso de “tu libertad acaba justo donde empieza la mía”. Así es que el único consejo es que comáis mucho filete y disfrutéis de que otro lo pueda hacer contigo independientemente de que lo corte con cuchara o con cúter.

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