Regreso al gimnasio.

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Esta entrada varía un poco de las que suelo hacer normalmente pero sinceramente me apetece mucho, y lo que es mejor, me va a gustar escribirla.

Resulta que hoy he vuelto al gimnasio después de un tiempo. Unos meses, porque a mí lo de la operación bikini me da mucha pereza, pero cuando en invierno se me obliga a salir a la calle, entallada en esa ropa contra el frío, no me apetece verme como una bolita. Yo que sé, yo es que soy muy rara. Y para ser una persona que estaría comiendo todo el día, tengo demasiados remordimientos en el cuerpo.

Yo al gimnasio siempre voy porque me lo paso bien. No me refiero a que hacer ejercicio me divierta, porque eso sólo ocurre unas pocas veces. Solamente empieza a divertirme cuando veo que he quemado en calorías la hamburguesa del McDonalds que me zampé el día anterior, o cuando estoy muy muy muy estresada, y eso me pone muy muy muy nerviosa, y veo que me desfogo. El caso es que yo en el gimnasio me divierto mucho con las situaciones tan variopintas que se crean. Es maravilloso. Es el mejor lugar del mundo para estudiar a la sociedad. Es totalmente recomendable y divertido.

A mi diversión en situaciones normales, hay que añadirle que mi gimnasio, durante mi ausencia, ha empezado a hacer reformas. Sí, han metido nueva maquinaria, nuevas instalaciones, han hecho que la zona de reposo sea totalmente incómoda, y algún que otro cambio más. Yo es que soy muy dada a acostumbrarme rápido a lo que ya hay, y en cuanto me cambias algo, soy como ese gato al que le cambias el arenero y se mea en tu cama como queriendo que sepas que ese cambio no le ha hecho ninguna gracia.

Cuando ya me he cambiado el sujetador (porque yo sin mi deportivo no puedo), la camiseta (porque llevaba una friki, y las frikis no se sudan) y me he plantado mi cara de concentración (porque yo cuando escucho música electrónica, me motivo), me he ido a la “zona de fitness” y me ha costado como cinco minutos encontrar la elíptica. Los que habéis ido por primera vez a un gimnasio, sabéis cómo es eso de que todos los que ya llevan allí un tiempo, te miren como si fueras carne fresca. Los veteranos y veteranas de las bicis, que ya tienen hasta maillot y culotte, con ese relleno para que no te duela a la mañana siguiente la rabadilla; los veteranos y veteranas de las máquinas de la muerte, como me gusta llamar a esas que tú haces sin hacer bestialidades, pero que ellos tienden a poner con todo el peso posible y empiezan a bufar como si estuvieran levantando piedra para la construcción de una pirámide egipcia; los veteranos y veteranas de las cintas de correr, que la tienen a una inclinación que ni subiendo el pico más alto de Europa, y con una velocidad que dejaría a cualquier pantera a la altura del betún; y los veteranos y veteranas que esperan para su clase “máster”, porque ya están de vuelta de todas las sesiones y ya no van con miedo por las agujetas del día siguiente, sino con una motivación insana.

Yo intenté hacer como si tal cosa, como si no me hubieran cambiado nada y yo supiera perfectamente donde están todas las mancuernas, discos, barras, etcétera. Pero claro, cuando pasas por segunda vez por el mismo sitio, se te empieza a ver el plumero. Y cuando ya, con cara de vergüenza, como quien se pierde en Sevilla, quieres preguntar dónde cojones está tu máquina de siempre, te das cuenta de que está en la entrada, y que la tenías al principio del todo delante de tus narices. Y es que ahora lo han distribuido todo de tal manera, que si haces bici, te chocas con el de la elíptica; que si haces elíptica, te chocas con los de las cintas; y así sucesivamente. Parecemos sardinas sudorosas y enlatadas. A todo esto, añade que hay máquinas antiguas y máquinas nuevas que dan más miedo que las primeras.

Pero me ha rematado, totalmente, que en las nuevas cintas de correr, han instalado una pantalla donde puedes ver la tele. Había un señor, que dos veces que miré, dos veces que casi se estaba comiendo la barra de delante. Porque a ver, al gimnasio, o se va sudar, o se va a ver la tele, pero las dos cosas, y unidas en un artefacto que no deja de moverse, no funcionan. Y encima, les tienen puesto a los pobres un programa de cocina. ¡UN PROGRAMA DE COCINA! ¡EN UN GIMNASIO! Estaban haciendo un pollo al pilpil, que si yo llego a mirar más de un minuto, estoy cogiendo mis cosas y corriendo a la braseria más cercana. Eso no se hace, estamos pagando para sufrir.

Después de picarme en la que ya he bautizado como MI elíptica, con un señor que llevaba corriendo ya 45 minutos, pero aún así le parecía ofensivo que la velocidad a la que yo estaba moviendo aquello fuera superior (pero por favor, que lleva usted ahí un capítulo de Breaking Bad, relaje un poco); de turnarme con una señora que tenía más energía que yo en un día en el que me tome seis cafés; y de sentirme muy avergonzada porque ahora ya no se va al gimnasio como cuando vas al campo, con ropa requeteusada, sino que se combinan los calcetines con el top y las mallas con la cinta del pelo; me decido a que es hora de ir a la ducha.

Para las personas que penséis que un vestuario femenino es una divinidad, algo parecido a un paraíso, con nubes, querubines con mejillas sonrosadas, con risas suaves y mucho olor a coco: os equivocáis de cabo a rabo. Por muy a tu bola que quieras ir, siempre acaba pasando algo que te hace sentir incómoda. Cuando ya me desnudé, cogí mi toalla, mi mini champú y mi mini gel, fui a colocar el macuto otra vez en la taquilla y ¡oh! ¡ay! Una chica tal y como su madre le trajo al mundo estaba agachada delante de la taquilla, porque son de estas que hay una encima de otra. Y yo, en la misma situación de la muchacha, y con el macuto en brazos que por muy poco que meta siempre me pesa como si me hubiese ido de casa. A todo esto, pues la muchacha enredando en sus cosas, se percata de mi situación y aparte de ponerse un poco a la defensiva, se levanta y me mira como si yo estuviese mirándola con otro deseo que no sea quitarme ese muerto de los brazos. Y yo con una vocecita le explico mi situación, y ya pues se relaja y se pone a reírse y a hablar y yo mira, que estoy cogiendo aquí un frío fuera de lo normal. La gente cuando se da cuenta de que no soy una pervertida, se pone demasiado simpática, oye.

Conseguí una ducha, y con la imagen del gimnasio totalmente reformado en mi cabeza aún, pienso que las duchas las habrán cambiado y que serán todo chorros potentes y agua que no se cambia de fría a caliente ni de caliente a fría cuando ya estás acostumbrada a una de las dos. Pero no. Toda persona que haya visto el video de ese perrito persiguiendo el agua que sale de una manguera, me puede imaginar a mí intentando darme un fregado en ese cubículo.

Siguiendo con el relato tengo que hacer una breve pausa para decir que yo nunca he entrado en un vestuario masculino y no sé qué relación tienen los padres con sus hijos. Pero en los vestuarios femeninos, las madres sacan lo peor que tienen reservado. Presentan imágenes totalmente desquiciadas, no les parece nada divertido la situación que está creando su criatura y que a mí me está pareciendo tremenda, e intentan vestir a sus hijos como si estuvieran untados en aceite: les meten los pantalones a la vez que ellos se sacan la camisa. Volviendo al relato, había una niña en esa edad en la que ya la madre se mete en una ducha y ella en otra, que en un momento dado se puso a silbar la melodía de El Libro de la Selva. Al final me vine arriba hasta yo, la he tenido en el cerebro hasta esta mañana. Pues si fuera mi hija, probablemente acabaríamos haciendo una perfomance de la película, pero la madre desde el otro lado, le saltó de bastante mala manera, que dejara de hacer el tonto, que se lavara el pelo y se diera prisa. Que corte de rollo, me duché corriendo hasta yo y no era mi madre.

Al salir de la ducha, yo creo que entraron a extras para hacer un anuncio de cremas hidratantes en el vestuario, porque lo que antes parecía un vestuario tranquilo y vacío, ahora era una paleta de colores color carne. Y cuando saqué el macuto y me quise colocar para vestirme, no tenía ni hueco para apoyarme. Total, que acabo a la derecha de una mujer, la cual empezó a arrastrar sus cosas hacia su macuto, al estilo “esto es mío, y esto, y esto, no lo mires tanto”. El colmo de mi incomodidad toca el clímax cuando, en el mini espacio que he dejado yo, se pone la “madre gruñona” y me planta, invadiendo todo mi escaso espacio vital, todas sus pertenencias. A lo cual, miré significativamente a la chica de mi izquierda como diciendo “¿Qué? ¿Te quejabas tú?”. Lo bueno es que pudimos hacer un dueto la niña y yo, a lo que la madre contestó con un “esta muchacha es que siempre está cantando”. Aquí yo iba claramente con la niña. Tú canta, hija.

Siempre en los vestuarios, hay una persona que se te pone de frente (sí, es que los vestuarios están diseñados por un ser superior que se imagina todas estas diversas situaciones y se frota las manos mientras lo imagina. Las manos, sí, las manos) y te mira, te mira, y te mira hasta que ya no te queda otra que sentirte incómoda y mirarla con caras de circunstancias, con solamente las bragas puestas. Y ella, que se da cuenta allá en su limbo de pensamientos, y te hace comentarios, del tipo “uhm, esa crema huele genial”, cuando tú estás untándote los pechos. Ayer la conversación fue tal que así:

Señora: Ese conjunto de ropa interior es muy mono.
Yo: Ehm… Sí, es nuevo.
Señora: ¿Es de Women’secret?
Yo: Ehm, no, no. Es de una tienda del centro.
Señora: Ah, ¿de Intimissimi?
Yo: No, no es una franquicia.
Señora: ¿No compras en Intimissimi?
Yo: Sí, pero este no es de ahí.
Señora: Pues a mí Intimissimi me encanta, si no fuera por los precios. Pero aprovecho y voy en rebajas, que siempre se pilla algo y… (charla yo creo que interior con ella misma porque yo desconecté un pelín).

A todo esto la niña ya se había ido, despidiéndose y todo, mientras la madre le metía prisa. Que estrés debía tener la pobre mujer en el cuerpo.

Quiero también destacar la cantidad de conversaciones que se tienen en un gimnasio. Allí ya se va como quién va a tomar unas cervezas. Dos hombres estuvieron hablando tanto rato que yo ni les vi hacer ejercicio. Y el colmo fue cuando dos chicas se pusieron a hablar cerquita del secador, y cuando me puse a secarme el pelo, me miraron como si yo fuera a espiarles o a enterarme de la conversación, así con miradas fulminantes. Un respeto que yo voy ahí a sudar. Ni que a mí me interese saber que una se ha comprado un body dorado que está deseando de estrenar y que la otra el jueves quiere ir a esa discoteca porque le ha dicho María que su ex estará por ahí, mira tú.

Para concluir, después de mi gloriosa vuelta al gimnasio, fui a recepción y pedí una hoja de baja. Allá vamos mi perrito y yo directos a la operación polvorón, y a ser perfectas bolas este invierno.

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