Luchar es la parte difícil.

El otro día escuché que los sentimientos negativos afectan cuatro veces más que los positivos. ¡CUATRO VECES! Es muchísimo. Es decir, por cada “he suspendido” que tengas, deberías tener al menos cuatro “he aprobado” para poder estar bien. Y eso con las cosas que supuestamente controlas, como tus estudios. Imagina con las situaciones que tienes que compartir con la sociedad. Ir a comprar el pan, trabajar, ir a tomar una copa. Incluso levantarte.

Si aparte de levantarte con el pie izquierdo, te encuentras que al otro lado de la cama, al otro lado de la barra de tu cafetería, o en cualquier otro lado, tienes otro pie izquierdo esperando, probablemente será un lunes, o probablemente tu día será una mierda de día. ¿Tú sabes lo que puede costar desterrar de tu cuerpo el efecto cuatrovecesmás? Pues mucho. Muchísimo. Tanto que como no des con la persona adecuada, o con la fuerza de voluntad adecuada, no consigues salir de ahí.

Fuerza de voluntad. Uhm. Sí, a eso es a lo que voy. Si te notas de mala leche, de mal humor, de mala uva, de mal talante, como tú quieras apodarlo, estás tirando por el camino fácil. ¡Ajá, sí! No pongas cara de sorpresa, algo te barruntabas. Cuando estás abajo, ¿no tienes la sensación de que llegar arriba es imposible? Y te encierras en ese capullo de excusas “yo no estoy así porque quiera, me han puesto así”; “me han jodido otros, ¡que lo arreglen otros!”, “el mundo es una mierda”, “¡voy a matarlos a todos!”,… Bueno, ese último a lo mejor se me ha ido de las manos, pero es igual. Seguramente alguno de esos pensamientos los has tenido en un mal día. Y luego no has hecho nada, por ti mismo, para mejorarlo. Y no es justo. No es justo para contigo. Vamos a olvidar al resto, que bastante la han liado. Tienes que ser tú quien controle la mente, no las sensaciones las que te controlen a ti. No te digo que vayas a ser un gigante de hierro sin emociones (que hasta él las acaba teniendo), pero sí que encuentres la fuerza, el ánimo, de poder decidir cuánto quieres que te jodan los demás. Si no controlas tu voluntad, vas a ser vapuleado de tal manera que cuando acaben contigo sólo vas a ser un amasijo de carne, piel y mierda. Mucha mierda.

Por supuesto, el primer ejercicio es alejar a las personas tóxicas. Esas que no sólo tienen un mal día, tienen una mala vida, y aparte, quieren que tú la tengas. Ugh, cómo cuesta quitarse de encima a esas personas. Que joden como aquel que pica piedra. Poco a poco, te minan la moral y te dan ganas de estampar la cabeza contra cualquier pared dura y rocosa. Y que sigues teniéndolas en tu vida… ¿Te haces una idea de por qué? PORQUE ES LO FÁCIL. Lo difícil es alejarte, irte, correr en la otra dirección, mandar a tomar vientos a esa persona, que ya no tiene remedio ni solución, que va a morir en su asquerosa vida sola y amargada.

Si este pensamiento te viene bien para huir de personas tóxicas, genial. Luego ya indaga en el hecho de que a esa persona lo tóxico le ha tenido que venir de algún lado y que probablemente no haya elegido ser así. Pero, primero, sálvate tú. Salva al héroe o heroína de tu interior, y luego conviértete en él o en ella.IMG_5606

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Echar de menos es relativo.

Echo de menos el verano, pero va a llegar de nuevo. Volveré a tener el sol sobre mi cabeza y la arena bajo mi cuerpo. Podré volver a bañarme en la playa, a jugar con las olas, a sentirme libre durante unos días.  Podré beber para refrescarme, y seguramente seguiré bebiendo cuando ya me haya refrescado. Se me pondrá la piel del color de los cangrejos pero yo seguiré tomando sol con el ideal de que mi piel se ponga morenísima. Como ningún año. Y disfrutaré de las noches eternas, frescas, en la calle. Sin más complicaciones que al día siguiente tenga que levantarme temprano. Pero me dará igual. Y seguramente en algún momento, eche de menos el invierno. El frío, los gorritos, los besos con sabor a chocolate, la manta, los viajes. Y también volverá a llegar.

Echo de menos ir al cine, pero puedo ir otra vez esta semana. O cuando haya una película que me guste. Y comeré palomitas, y mi mano volverá a encontrarse con la tuya dentro del cubo.  También ahora mismo echo de menos abrazarte y que tu olor llegue hasta lo más profundo de mi cerebro. Y lo puedo hacer menos veces de las que me gustaría, porque eso sería mi pasatiempo preferido para las 24 horas del día. Y besarte. Y mirarte. Y hacer planes, de los locos y de los coherentes. Y hablar de cosas transcendentales,  y cuando empecemos a agobiarnos, pondrás a tope “Best Day of my Life” y se me irán de golpe las penas. Bueno, sería un tema bastante extenso todo lo que te echo de menos, pero me calma el saber que también volveré a hacerlo. Sí, eso también. Soy la chica más afortunada.

Echo de menos a mi gata, pero hoy llegaré a casa y podré achucharla, aunque me arañe la cara y me muerda la nariz. También podré hacer lo mismo con mi perro, aunque él seguramente me acabe lamiendo desde la barbilla hasta las puntas del pelo. Los echo de menos, pero no tanto como el día en que pase lo que me partirá el alma. Por eso ahora disfruto y ni se me ocurre pensar que no estarán al alcance de mi mano un día, siempre dispuestos. Uno más y otro menos, pero estarán siempre ahí. Los disfruto. Ni se me ocurre hacerles daño. Ni hacerles de sufrir. Quiero que entiendan, desde su cerebro animal, que para mí son importantes y que siempre tienen un hueco en el lado del sofá en el que esté. Ah, sí, querida gata. También puedes quitarme absolutamente todas las sillas en las que me estoy sentando.

Echo de menos una cerveza entre amigos, o entre buena gente, pero seguramente vuelva a hacerlo pronto. Y echo de menos empezar hablando de tonterías y acabarte sincerando con la primera persona que tengas más cerca. Y eso también puedo hacerlo pronto. Las tardes cálidas con un buen café, con un buen sol. Y las noches eternas que parece nunca quieren acabar. Los momentos en los que haces planes de cualquier cosa. Y puede que los acabes cumpliendo. A lo mejor ir a Roma no, pero ir algún italiano a cenar, pues sí.

Echo de menos mi inocencia infantil, pero… no volverá. Jamás volveré a observar el mundo con los ojos con los que lo hacía cuando era niña. Ni con la misma altura. He crecido unos pocos centímetros desde entonces.

Echo de menos ese espejo que se me rompió, y aunque me compré otro… No sé, no es lo mismo. Me miro, y mi reflejo no se ve igual. No me gusta, me hace parecer diferente.

También me pasó lo mismo con un póster de mi cuarto que me encantaba. Intentando cambiarlo de sitio, se me rajó. Y no quise comprarme otro. Este era especial, tenía una dedicatoria y una firma. Lo pegué con celo, y como podrás comprender, no queda igual. Para el que lo mire sólo de pasada, no se nota nada. Pero si te quedas unos segundos mirándolo fijamente, vaya. Se nota horrores.

Y mi figura de una hadita. Tenía unas alas preciosas. Está apoyada sobre una roca y podría decir que es mi figura favorita. Pero se me cayó, y el ala se desprendió. La pegué con cola resistente de esta que a lo mejor lo que estás pegando, no lo pega, pero las manos te las queda echas polvo. Pero… Que va, el ala está torcida. Se le nota. Mucho.

¿Lo entiendes? Con las personas pasa igual. Si las arañas, luego no funcionan igual. Siempre quedan doloridas. Por desgracia, o por fortuna para la supervivencia de tu mente, siempre quedan recuerdos de ese dolor. Y si las rompes… Es más complicado. No vuelven a sentir igual, no vuelven a ver el mundo de la misma manera. Es jodido eso de romper a alguien. Porque es una responsabilidad muy pesada. Muy grande. ¿Cómo avanzas cuando sabes que has conseguido destruir una parte de una persona? Y, ¿cómo sigue esa persona sabiendo que le has roto sin miramientos una parte del alma?

Luego todos los recuerdos se emborronan con la misma tela sucia y desgarrada. No hay manera de coserla, limpiarla, pegarla, o cualquier otro remiendo que se te ocurra. El tiempo lo cura todo. Pero no, este tiempo no cura nada. Tanto para el que la rompe, que se esfuerza, que lucha por volver, que quiere que todo siga igual, como para la persona que espera, que observa, que intenta ver algún resquicio de esperanza.

No puedes pretender que un espejo roto vuelva a reflejarte tal y como eres. Está roto, no volverá a hacerlo. Y tampoco puedes echar de menos a alguien que se ha ido, a alguien a quien no has parado al marcharse. No puedes, ¿lo entiendes? Tienes que echar de menos cosas que sabes que vas a intentar que estén más tiempo en tu vida. Que vas a luchar porque entiendan, porque comprendan porque haces esto así y no asá. Que se te note que son importantes. ¿Qué gracia tendría que te diga que te quiero si al instante siguiente no me importas una mierda? No hay sentido, ¿lo vuelves a ver? No tienes derecho a echar de menos algo que estás rompiendo. Es así.

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